sábado, 29 de septiembre de 2012

La caída de Constantinopla (1453)


               Mehmet II dirigiéndose con su ejército a Constantinopla
 
            Cuando, en 1451, murió el sultán Murad II, su hijo Mehmet se encontró con la misión de gobernar sobre el enorme Imperio otomano. Sin embargo, antes que preocuparse por lo que semejante responsabilidad podría exigirle y antes de comenzar a tomar las primeras medidas destinadas al gobierno de sus dominios, desde el inicio de su mandato dejó muy claro cuál era su principal objetivo: conquistar Constantinopla y hacerse con lo poco que quedaba del Imperio Bizantino.
       En este artículo buscaremos las causas que nos expliquen cómo esta ciudad llegó a caer en manos de los turcos. Una ciudad, no lo olvidemos, prácticamente inexpugnable hasta entonces, pues, además de la seguridad que le daba su emplazamiento físico a la hora de un posible ataque, contaba con unas poderosas murallas que se alzaban, desafiantes, ante todos los enemigos que llegaban hasta sus pies.
      Antes de empezar con la narración, podemos adelantar ya que, además de un peor armamento, de la poca ayuda recibida de Europa occidental y de un ejército mucho más reducido, influyeron dos cosas más para que el Imperio Romano de Oriente llegara a su fin: en primer lugar, un descuido de los bizantinos, imperdonable cuando se estaba viviendo un momento de peligro extremo y se necesitaba cuidar hasta el último detalle y, sobre todo, fue decisiva la actuación del líder de los otomanos, Mehmet II, quien contó con la mejor de las armas: su inquebrantable convicción en la victoria.

      El sultán, a pesar de su confianza, sabía que tendría que emplearse a fondo si quería conquistar Constantinopla. La ciudad había sido fundada por un grupo de colonos griegos a mediados del siglo VII a. de C. en las orillas del Estrecho del Bósforo, entre el mar Negro y el mar de Mármara. Su emplazamiento era ideal, puesto que estaba en la encrucijada de las rutas comerciales de Europa oriental y Asia. Por otro lado, al estar rodeada de agua por tres de sus lados, la ciudad era un enclave relativamente fácil de defender.
      Unos mil años después, en el siglo IV, Constantino convirtió a Bizancio en la nueva capital del Imperio Romano. Para ello, destruyó prácticamente toda la antigua ciudad y procedió a la construcción de la que, durante más de mil años, sería la "Ciudad de Constantino", Constantinopla. También fue conocida como la "Nueva Roma", puesto que Constantino hizo todo lo posible para que la nueva capital del Imperio contara con monumentales edificios, e incluso ordenó que estuviera construida sobre siete colinas, tal como hicieron siglos antes los legendarios fundadores de Roma. Finalmente, el proceso se completó con la construcción de nuevas murallas que, en realidad, no dejaron de ampliarse y de reforzarse a lo largo de los siglos posteriores. De hecho, algunos emperadores que sucedieron a Constantino en el trono  -sobre todo Teodosio y Justiniano-  tuvieron entre sus principales objetivos perfeccionar las murallas y hacer de Constantinopla una ciudad inconquistable. De esta manera, la muralla de Teodosio llegó a tener siete Kilómetros, y estaba diseñada de manera que, en determinadas zonas, se componía de dos y hasta tres cinturones o anillos, dispuestos en líneas concéntricas.  
       

      Además de sus murallas, los bizantinos tenían una pequeña flota de barcos, fondeada en el llamado Cuerno de Oro, puerto creado de forma natural por un estuario que se une al Estrecho del Bósforo y que rodeaba por uno de sus lados a Constantinopla. Como medida defensiva, existía una inmensa cadena de hierro reforzada con enormes maderos que, a modo de muralla flotante, defendía la entrada del Cuerno de Oro de posibles ataques de barcos enemigos. La cadena se extendía hasta la zona de Gálata, en la orilla norte del Cuerno de Oro, que pertenecía por entonces a los genoveses y, cuando no existía ningún peligro, se destensaba para que los barcos pudieran entrar y salir en el puerto.
      Contra todas esas dificultades debía enfrentarse Mehmet II si quería conseguir lo que tanto ansiaba. Y el sultán aceptó el reto, pues no podía renunciar a algo con lo que llevaba años soñando. Había llegado la hora de comunicárselo a sus consejeros. La reacción de éstos fue contradictoria, ya que, por un lado, consideraban que el sueño de su líder podían pagarlo muy caro pero, por otro lado, eran conscientes de que el sultán era la única persona capaz de hacerlo realidad. 
      En este punto del relato sería conveniente comentar algunos rasgos del carácter de Mehmet II y, como sucede con otras figuras importantes de la Historia, lo que más nos llama la atención son los grandes contrastes apreciables en su personalidad. En efecto, mientras que en uno de los lados del prisma que formaba su carácter se reflejaba un hombre culto, capaz de hablar varios idiomas (griego, árabe, caldeo y persa), preocupado por la filosofía y las Artes, en otro aparecía la sombra de una persona desconfiada y hermética. Tal era su desconfianza en los demás, tal era su obsesión por mantener en secreto cualquier tipo de proyecto, que se cuenta que un día llegó a decir: "Si descubriera que un pelo de mi barba sabe qué plan estoy tramando, me lo arrancaría al instante y lo quemaría". Por otra parte, mientras que, como gobernador, se mostraba tolerante con sus súbditos, como general era temido por sus enemigos por su crueldad, de la que hizo gala en numerosas ocasiones. Por ejemplo, tras ser proclamado sultán, a los 21 años de edad, mandó asesinar a su hermano menor para que, en el futuro, no intentara interponerse en su camino. Por eso no es extraño que fuera conocido como "el bebedor de sangre", tal era su gusto por la violencia. Otros rasgos de su carácter fueron la astucia y la falta de escrúpulos. Por ejemplo, antes de iniciar la conquista de Constantinopla, se preocupó por ratificar la paz que había firmado su padre con los bizantinos y de firmar nuevos tratados con los venecianos o los húngaros. Y es que, como dijo el gran historiador Edward Gibbon, "llevaba la paz en los labios y la guerra en el corazón". Sin embargo, y a pesar de estas tretas nada honrosas para Mehmet, las mejores cualidades del joven sultán eran su valentía, su confianza en sí mismo y, como ya dijimos, su fe en la victoria, que le empujaban con fuerza hacia los campos de batalla, en los que él se sentía el mayor protagonista.
  
      Una vez que Mehmet reveló sus intenciones a sus consejeros, le hacían falta tres cosas: un buen plan, un ejército colosal y un armamento extraordinario. En cuanto a las dos primeras, Mehmet tenía sus necesidades cubiertas; no le faltaban ni planes, ni hombres. Por lo que respecta al armamento, la suerte jugó de su lado cuando se presentó ante él, a finales de 1452, un fundidor de cañones húngaro llamado Orbán, que antes había ofrecido sus servicios al emperador bizantino Constantino XI. Sin embargo, cuando éste se negó a entregar a Orbán el dinero y los materiales que reclamaba, el fabricante de cañones abandonó Constantinopla y se dirigió hacia la Corte de Mehmet, esperando tener mejor fortuna que con el emperador de Bizancio. Cuando llegó el momento del encuentro entre ambos, el sultán le preguntó a Orbán si sería capaz de fabricar un cañón capaz de abatir las murallas de Constantinopla. No hizo falta una respuesta. Orbán sabía que, más que una petición, lo que tenía ante él era una exigencia, por lo que rápidamente se puso manos a la obra. El resultado no pudo ser más satisfactorio para Mehmet, puesto que, tras varios meses de trabajo, el húngaro fue capaz de fabricar un gigantesco cañón o bombarda, capaz de disparar balas de piedra de más de 500 kilos, que podían alcanzar un kilómetro y medio de distancia....Aunque también tenía sus "defectos", como el hecho de necesitarse dos horas para volver a cargarlo (tenía que enfriarse y había que engrasarlo) o que sólo podía hacer entre seis y ocho disparos al día. Lo peor, sin embargo, fue transportar el cañón, que pesaba unas seis toneladas, desde Adrianápolis, lugar donde fue fabricado, hasta las puertas de Constantinopla, a unos de 225 Kilómetros de distancia. Para ello, sesenta bueyes se encargaron de arrastrarlo, cien personas marchaban a cada lado del cañón para evitar que éste se moviera, y otras doscientas iban nivelando el terreno, limpiando la maleza y quitando cualquier obstáculo que pudiera dificultar su paso. De todas formas, esta gran bombarda no fue el único cañón con el que contaron los turcos. En efecto, Mehmet ordenó que se hicieran más cañones, aunque de un calibre menor.
      Por otro lado, antes de encargar a Orbán su cañón, Mehmet había cortado a los bizantinos el acceso hasta el mar Negro, al construir la fortaleza de Rumelia-Hisar, a la que los bizantinos llamaron Laemocopia, es decir, "castillo del asesino". La fortaleza fue levantada por Mehmet en la orilla europea del Estrecho del Bósforo, incumpliendo los tratados internacionales que existían sobre este respecto. Los turcos emplearon seis meses en su construcción, quedando finalizada en agosto de 1452. Desde entonces, al no poder acceder a sus puertos del Mar Negro, Constantinopla se quedó sin sus principales fuentes de abastecimiento de trigo: Ucrania y Bulgaria. Y fue también en agosto de 1452, cuando Mehmet declaró oficialmente su intención de conquistar Constantinopla, aunque los bizantinos hacía meses que intuían lo que se les estaba echando encima, y su emperador, Constantino XI, hacía también unos meses que había comenzado a mover sus hilos. 
      Ante todo, Constantinopla necesitaba ayuda. El emperador sabía que no podría contar con muchos soldados para defender la ciudad y, tras mandar confeccionar un censo de los hombres que estaban en condiciones de combatir, sólo se inscribieron unos cinco mil. Los turcos, en cambio, movilizarían un ejército de unos ochenta mil soldados. La ayuda tenía que llegar de Europa occidental. En efecto, Constantino XI pidió auxilio en varias ocasiones al Papa y a las repúblicas de Génova y Venecia. Sin embargo, a pesar de la gravedad de la situación, nadie respondió con rapidez, porque las diferencias religiosas entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente cada vez eran más grandes, lo que hacía que el entendimiento entre Europa occidental y Bizancio fuera muy complicado. No obstante, ante el inminente ataque de los turcos, Constantino tuvo que ceder, y comunicó al Papa que estaba dispuesto a llevar a cabo la reunificación de su Iglesia con la Iglesia católica. Esto significaba que el Papa, 400 años después del Cisma, volvería a ser el jefe único de todos los cristianos. La propuesta de reunificación planteada por el emperador fue aceptada por los católicos, y éstos comenzaron a preparar el ejército que partiría hacia Constantinopla. Sin embargo, antes de hacer efectiva la ayuda, debía realizarse la ceremonia de reconciliación de las dos Iglesias. Dicha ceremonia, finalmente, tuvo lugar en la basílica de Santa Sofía, en diciembre de 1452, pero muy pronto se vio que el acto no había sido sincero por ninguna de las dos partes, ya que, ni los bizantinos pensaban cumplir su promesa de someterse a la Iglesia Católica, ni los europeos occidentales estaban dispuestos a ayudar con un gran ejército. De esta forma, antes de que se iniciaran las acciones militares, únicamente llegaron unos 700 hombres a Constantinopla, la mayoría italianos, los más interesados en socorrer a los bizantinos, debido a que su comercio se vería fuertemente amenazado si los turcos se apoderaban de la ciudad. Al mando de los soldados genoveses estaba Giovanni Giustiniani, uno de los militares más prestigiosos de aquella época, que después fue nombrado por Constantino jefe del ejército defensor de la ciudad. A lo largo del conflicto, los bizantinos recibieron algunos refuerzos más procedentes de Europa occidental, lo que sumaría un total de tres mil hombres llegados del exterior. La ayuda, en todo caso, resultó insuficiente, por lo que Constantinopla, una vez más, tendría que confiar en la resistencia de sus murallas.
      Lo que vino después fue la historia del asedio implacable de los turcos. Durante dos meses, abril y mayo de 1453, el gran cañón y sus "hermanos menores" no dejaron de disparar sus proyectiles una y otra vez contra las murallas de Constantinopla. A su vez, los bizantinos se defendían con cañones de pequeño calibre, que disparaban entre cinco y diez balas de plomo y también con arcos, ballestas y catapultas. Desde un principio, el objetivo de los turcos no sólo se centró en castigar las murallas con el continuo bombardeo, sino también en intentar romper la gran cadena para que sus barcos  -como hicieron los cruzados en el siglo XIII-  pudieran entrar en el Cuerno de Oro. En caso de lograrlo, los sitiadores podrían rodear la ciudad por sus cuatro lados. Las primeras acciones de los turcos, sin embargo, no resultaron del todo satisfactorias, y su poderosa artillería, a pesar de los daños que causaba a las murallas, no era capaz de dar el golpe definitivo. Por otro lado, también fracasaron los intentos de romper la muralla flotante, la gran cadena de hierro. De esta forma, después de tres semanas de asedio en las que la actividad no cesaba tampoco durante las noches  -los bizantinos, por ejemplo, reparaban entonces las partes dañadas de las murallas-, parecía que Constantinopla sería capaz de rechazar el ataque de los otomanos.
      Sin embargo, cuanto más difíciles se le ponían las cosas, mayor parecía ser la astucia de Mehmet. En este caso, su genialidad consistió en idear un plan para que sus barcos pudieran entrar en el Cuerno de Oro sin tener que superar la cadena flotante. La única manera para poder hacer esto era llevar los barcos por tierra, arrastrados por bueyes. Y así se hizo, a lo largo de un Kilómetro y medio, por el terreno sinuoso que separa el Bósforo del arroyo conocido como "Las Fuentes". Una vez flotados los barcos en el arroyo, las naves sólo tuvieron que recorrer un corto trecho, hasta llegar a la desembocadura del arroyo en el Cuerno de Oro. La operación se hizo de noche, y se utilizó un camino de tablas dispuesto a lo largo de una zanja poco profunda. De esta forma, los barcos iban desplazándose, sobre grandes rodillos, encima de esas tablas bien engrasadas, que hicieron la función de una enorme rampa de botadura. Aunque no era la primera vez que unos barcos eran transportados de esa manera (Saladino, por ejemplo, en el siglo XII, llevó así unos barcos desde el Nilo hasta el mar Rojo), los bizantinos no salían de su asombro cuando, una mañana de finales de abril, vieron setenta barcos turcos navegando por el Cuerno de Oro. Pronto comprendieron lo que había sucedido y, poco después, llegó la fatal consecuencia: los turcos se hicieron con el control del Cuerno de Oro, por lo que su victoria final cada vez estaba más cerca.
      La llegada de los barcos turcos supuso un duro golpe para la moral de los bizantinos. Se sintieron tan desesperanzados, que le propusieron a Constantino huir de la ciudad y salvar su vida. El emperador, sin embargo, con gran entereza y serenidad, dijo a sus súbditos que jamás les abandonaría y que lucharía hasta la muerte junto a ellos. La actitud ejemplar del basileus dio nuevos ánimos a su pueblo, y crecieron aún más al extenderse el rumor de que un gran ejército húngaro se dirigía a Constantinopla para salvarla de sus invasores. Sin embargo, la deseada ayuda de los húngaros no llegó, y Constantino hizo una llamada a sus súbditos para que asistieran, la noche del 28 de mayo, al que sería el último oficio cristiano en la basílica de Santa Sofía. Todas las esperanzas se habían agotado; ya sólo podrían esperar la ayuda de Dios, al que se encomendarían aquella noche en un acto que tendría la intención de prepararles para la muerte. A la ceremonia religiosa acudieron católicos y ortodoxos, demostrándose, una vez más, que en los momentos de máxima dificultad es cuando se olvidan las diferencias -a veces absurdas- que dividen a los pueblos.
      El último ataque turco comenzó a la una y media de la madrugada del 29 de mayo. A esa hora, un horrible estruendo de tambores y trompetas rasgó el silencio de la noche. Era la señal para el asalto. Éste tuvo como principal objetivo el sector de las murallas del valle del río Lycos y, para el ataque, el ejército turco se organizó en tres formaciones, ocupando las peores tropas la vanguardia y, las mejores, el cuerpo de élite formado por los jenízaros, la retaguardia.
      La lucha era feroz, y los bizantinos, con Giustiniani a la cabeza, parecían resistir. Pero un error incomprensible de los defensores de la ciudad cambió el signo de la batalla: en un ángulo que formaba la triple muralla de Teodosio y la sencilla que rodeaba el palacio de Blanquerna, había una pequeña puerta llamada Kerkaporta o Puerta del Circo, que aquella noche se había quedado abierta. Cuando un grupo de unos cincuenta jenízaros se percató de ello, creyeron que se trataba de una trampa, pues no podían creer lo que veían sus ojos. De esta forma, sigilosamente, traspasaron la puerta. Acababan de entrar en el recinto interior de la muralla; habían entrado en Constantinopla. Sin perder un instante, los jenízaros se apresuraron a desplegar el estandarte turco en las almenas de la muralla y, aunque todavía no estaba claro cuál iba a ser el desenlace de la lucha, un desgraciado hecho para los bizantinos provocó que ésta se decantara del lado turco. En efecto, en medio de la confusión que se produjo cuando los sitiados vieron que los jenízaros habían entrado en la ciudad, Giovanni Giustiniani fue herido por un proyectil, lo que le obligó a retirarse de la lucha. La pérdida de Giustiniani (la herida resultó luego ser mortal) provocó un gran pánico entre sus hombres, que de repente se vieron privados de su jefe. De todo esto se aprovecharon los turcos, pudiéndose contar ya miles de ellos en el interior de la ciudad. Ante la gravedad de los hechos, Constantino espoleó su caballo para dirigirse hasta el lugar donde se concentraban los otomanos. Una vez que estuvo delante de ellos, pronunció estas palabras: "No permita Dios que sea emperador sin Imperio. ¡Si mi ciudad cae, caeré con ella!". Poco después, el último emperador bizantino murió a manos de sus enemigos, los nuevos dueños de Constantinopla. Tras la muerte de Constantino, Mehmet acabó fácilmente con los focos de resistencia que aún quedaban en la ciudad. Un día después, el 30 de mayo, se firmó la rendición de Gálata. La guerra había terminado.
      A pesar de la dureza de los ataques y de la cruenta lucha, a pesar de los saqueos y de los abusos, la población de Constantinopla fue mejor tratada que, cuando en 1204, la ciudad fue tomada por los cruzados. Doscientos cincuenta años después, tan sólo cuatro mil ciudadanos de Constantinopla murieron durante el asedio turco. Además, Mehmet se mostró tolerante con la Iglesia ortodoxa, por lo que el cisma con la Iglesia católica se convirtió en un hecho definitivo. Por otro lado, la caída del Imperio de Oriente provocó un sentimiento en Europa occidental de absoluta consternación. Sin embargo, desde la perspectiva que nos da el paso de los siglos, podemos afirmar que lo importante no fue la desaparición del Imperio Bizantino, un enfermo que desde hacía tiempo se mostraba agonizante, sino, más bien, el nacimiento de la Turquía europea y el inicio del desarrollo del Imperio otomano, que duraría hasta 1922. En la otra Europa, la occidental, en la que se asistía por aquel entonces al nacimiento del Estado moderno, aún no existía una gran preocupación y no se veía a los turcos como una amenaza seria. Todo cambiaría cuando, a principios del siglo XVI, los turcos conquistaron Hungría. Desde entonces, los europeos fueron plenamente conscientes de la importancia del papel que desempeñaría el Imperio otomano en Europa. 
      
      
     
     
       
     
     
     

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